DISCURSOS DE LA ANTIGÜEDAD DE LA LENGUA CÁNTABRA VASCONGADA

En el año 1607 se publicó en México el curioso libro titulado Discursos de la antigüedad de la lengua cántabra vascongada, cuyo autor, Baltasar de Echave, tal como se dice en la portada, hace reflexionar a la lengua éuscara, «que se queja de que, siendo ella la primera que se habló en España, y general en toda ella, la hayan olvidado sus naturales y admitido otras extranjeras».

El libro, escrito en la época clásica y en correctísimo castellano, recoge una creencia que durará aún varios siglos —por lo menos, hasta el XX—: la de que el vascuence fue el idioma de toda España, creencia de la cual todavía se daba noticia hace algunos años en los libros de texto de las escuelas, bien que solo ya con el fin de desautorizarla:

    «No ha habido historiador ni coronista en nuestra España que no confiese ser la lengua vascongada, que hoy se habla en Navarra, Vizcaya y Guipúzcoa, una de las primeras que se hablaron en España; y, aunque no hallan alguna razón suficiente para decir que no fue universal lenguaje de toda ella, son muy pocos los que le quieren dar la primacía de haberlo sido. Antes han querido traer algunas conjeturas para dar a entender que nunca se extendió a más que a solas las provincias donde hoy se habla, las cuales son de muy poca consideración y fuerza para quien bien la entiende; y hay otras muchas de gran fundamento y evidencia para probar que haya sido no solo la primera lengua de España, sino universal y muy vulgar en toda ella» (fragmento del Prólogo al lector).


Según la tradición que recogen estos Discursos, el vascuence era una de las lenguas que nacieron de la confusión de Babel: precisamente, la lengua que hablaba Túbal, nieto de Noé. A Túbal se atribuía el haber venido a España con su familia y el haberse asentado en Cantabria —nombre que antiguamente se daba a las provincias vascongadas y Navarra—.

En lo que Echave funda las pruebas de haber sido el vascuence la lengua de toda España es en la etimología: pretende que el nombre de muchos sitios y ciudades son éuscaros, y que tales nombres fueron puestos antiguamente cuando Túbal y sus sucesores se asentaron y extendieron.

Así, según su peculiar interpretación, Echave considera que el nombre Aralar se puso en recuerdo del bíblico monte Ararat; y que Armeñac, en el sur de Francia, cerca de la región vascongada, significa ‘armenios’, ya que de Armenia debían de ser originarios Túbal y los suyos.

Y, de la misma manera, halla muchos otros parecidos, entre los cuales podemos mencionar estos:

    – Del río Ebro dice que debía de llamarse Ibaibero (‘río caliente’).

    – Zaragoza debía de ser Zaldibar, que significa ‘valle de caballos’.

    – De Tarazona dice que antiguamente se llamaba Turriasco, que era Iturriasko (‘muchas fuentes’).

    – El nombre de Montes de Oca lo deriva de ahoak (‘bocas’).

    – De Betis y Bética dice que significan en vascuence ‘tierra apropiada para vacas’.

    – El nombre de Turdetania lo deriva de urdeta (‘sitios de puercos’).

    – De Iria Flavia, en Padrón, dice que procede de hiria (‘ciudad’).

    – El nombre de Braga lo deriva de bakarra (‘única o solitaria’).

    – Vigo es, en su opinión, biko (‘de dos’).


Además, sostiene que varios vocablos castellanos son éuscaros: bizarría (que lo deriva de bizarra, ‘barba, hombre de barba’), honesto y honestidad, ribera… Aun castillo —y Castilla, por tanto— dice que proceden de gaizteloa (‘lugar de vigilia’).

Echave estaba convencido de que el vascuence explicaba la etimología de todo. Por eso, no debía perderse:

    «… no es razón que, por la poca curiosidad e inadvertencia de los vascongados, se eche en olvido lenguaje que a ellos y a toda España honra; y, pues es justo que cada nación estime su lenguaje natural como lo hacen, justísimo es que España se honre con ella, como con tan propria suya, en quien se hayan cosas tan particulares, útiles y honrosas para nuestra verdadera nación española» (fragmento del Prólogo al lector).


Y esta idea de que el vascuence era el verdadero idioma español la repite una y otra vez en la obra. Así, hace decir a la propia lengua:

    «… que soy yo quien de más atrás sabe las cosas de España, y el testigo más antiguo que puede deponer de las pasadas y antigüedades de ella, como quien y por cuyos ojos han pasado sus adversidades y prosperidades, siendo siempre partícipe de todas ellas; particularmente de las adversidades, y como verdadera madre suya, doliéndome de ellas. Y sin hacer caso de mi depósito fiel y antiguo archivo han querido valerse de extrañas y modernas escripturas, en daño y menosprecio mío y de mis hijos y aun de toda España, cuya honra y glorioso blasón es tener estas mis montañas de Cantabria…» (folios 3 vuelto y 4).


Hasta se dirige de esta manera a España:

    «Dime, potentísima España, yo te ruego, y perdona mi atrevimiento, si en término cabe pedirlo yo, que soy tu madre: ¿Dónde piensas remitir al curioso que deseare saber la antigüedad de tu nacimiento que tantas muestras y razones haya dél, que en tu Cantabria? ¿Dónde buscarás tu antiguo lenguaje, pues el que tienes no es tuyo, como se sabe, sino en tu Cantabria?, ¿dónde tu antiguo y sencillo traje, tan diferente del que tantas naciones te componen cada año como a niña, que en tu Cantabria? ¿Dónde se conservan hasta hoy los trofeos y gloria de tu antigua libertad, limpieza y gran nobleza que en tu Cantabria?» (folios 67 vuelto y 68).


La pérdida del idioma en las demás regiones españolas, así como la corrupción de los nombres de los lugares —supuestamente claros en vascuence— se explica por la llegada de otros pueblos a la península ibérica, como los celtas, que hablaban lenguas distintas y que imponían sus costumbres y sus novedades:

    «… que, desde que yo acabé de poblar a España en compañía del famoso rey Beto, como os lo acabo de contar, y dende luego que en su subcesor empezó a variarse y corromperse todo hasta cuando escribieron los coronistas con quien ellos alegan acerca de los nombres que ponen ser de la antigua lengua de España, pasaron más de mil y quinientos años, en cuyo intervalo vinieron tantas y tan remotas naciones a poblar y habitar en España que fue maravilla cómo pudieron quedar algunas reliquias pequeñas de lo primero que yo había fundado y nombrado. Porque cada nación de tantas como vinieron pobló en la parte que le pareció más a su propósito en nuestra España y sus provincias. Particularmente, a los principios, a las marinas del mar Mediterráneo y la costa de la Andalucía, aprovechándose para ello de la comodidad que les daba la simplicidad de los naturales de ellas…» (folios 27 vuelto y 28).


También se atribuye el haber obscurecido la etimología de los nombres de los lugares a que los escritores latinos, como no entendían el idioma en que se habían puesto, no penetraron su significado.

Y a los del Lacio se los acusa de ser, además de corruptores de etimologías, quienes más se esforzaron en acabar con el éuscaro:

    «… me procuraron desterrar del mundo los emperadores romanos, como hicieron a otras muchas en España y otras partes…» (folios 17 vuelto y 18).


    «No os sabré decir, mis hijas, cuál fue mayor en los romanos: su tirana potencia o su insaciable codicia, porque, si con la una vencieron a los cartagineses y sujetaron a los españoles, con la otra abrieron las entrañas de la tierra y cargaron de tributos a la gente simple y mísera nuestra…» (folio 44 vuelto).


    «… y nuestra codicia, que agora es tan notada dellos, es herencia dejada por ellos a los españoles…» (ibidem).


Llega el autor a inventarse que los romanos proscribieron el vascuence por decreto:

    «… aunque se acabó la guerra tan sangrienta que a nuestros hijos se hacía, no cesó de continuarse mi agravio y persecución, porque en el mismo tiempo en que ellos empezaron a gozar de algún consuelo y descanso de sus largos trabajos, se ordenaba en Roma mi total destruición y la última ruina que me pudo venir: con un edito que el emperador Otaviano mandó se divulgase en España —aunque, a lo que después pareció, no tuvo efecto hasta su sucesor Adriano, hartos años después— y fue que no se hablase en general ni en particular en toda España ninguna de las lenguas que hasta entonces se había usado hablar ni nadie escribiese en otra que en romance o latín» (folio 57 vuelto).


A pesar de todas estas calamidades, en los habitantes de Cantabria permanecerá el espíritu de resistencia y amor de la libertad, por lo cual, siglos después, cuando acontece la invasión islámica, serán los cántabros los salvadores de España (y, así, Echave supone que el legendario rey Garci Ximénez era vascongado).

Hasta los apellidos más frecuentes, los de los héroes de la Reconquista, los relaciona con vocablos éuscaros. Por ejemplo:

    – Osóriz lo relaciona con otso (‘lobo’) y dice que es lo mismo que el castellano López.

    – Velasco, Velázquez y Vela los relaciona con belea (‘cuervo’).

    – García y Garcés los relaciona con koartza (‘garza’).


En la época en que Echave escribe, la lengua vascongada seguía en decadencia, cosa que él atribuye, sobre todo, a que los hombres se iban a América a hacer fortuna y, como allí solamente usaban el castellano, al volver a Cantabria, ya habían olvidado su idioma particular:

    «No quiero ni digo que no admitáis con toda eminencia posible la extranjera castellana: sabedla y conocedla, que harto os importa para mejor conocerme, amarme y estimarme. ¿Cómo lo debéis hacer? Dándome siempre el primer lugar, como leales y obedientes hijos a su verdadera y ligítima madre. Solo quiero y os mando que no os embaracéis ni os caséis tanto con ella por verla moza, ataviada, adornada y hermoseada, porque os hago saber que todo su adorno y atavío es ajeno y de varias naciones y gentes con quien se ha mezclado y juntado. Ansí, ama a muchos y carece de pureza, firmeza y constancia, porque a cada viento se mueve y en cada edad se muda, y cada nación la altera y a nadie desecha, y cada cual le influye sus costumbres» (página 84).


Reflexión esta muy curiosa, ya que dice del castellano, que ya se había convertido en idioma universal, lo mismo que hoy se dice del inglés.


ECHENIQUE ELIZONDO, MARÍA TERESA. Estudios lingüísticos vasco-románicos. Ediciones AKAL, 1997.
Libros de dominio público de GOOGLE BOOKS.

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