EL MÉDICO A PALOS

En nuestros días es tanta la importancia de las llamadas redes sociales que hasta los periódicos dan a veces en recoger —eso sí, a modo de anécdotas— algunas de las discusiones que acontecen en tales redes. Por lo general, las discusiones versan sobre política o asuntos que tocan a las costumbres y la moral; aunque las hay también sobre asuntos no tan serios, como la salud del idioma y la introducción de extranjerismos. Lo que sí que es común a todas estas discusiones es que los participantes, favorecidos por el anonimato, suelen soltar disparates y que de soltar disparates se pasa rápidamente a soltar exabruptos, insultos y hasta amenazas.


Hubo sobre el idioma, precisamente, un debate difuso y breve, pero muy interesante, en X —lo que antes se llamaba Twitter— en las pasadas navidades de 2025 a 2026. En tal debate un médico (que tenía un signo acreditativo, por lo que no hay motivo para dudar de, en efecto, que lo fuera) se quejaba de que otras personas les echaban a los médicos en cara que usasen anglicismos como severo con el sentido de ‘grave’ (refiriéndose, sobre todo, a enfermedades) y que se cambiase gluc- por glic- en algunas palabras de origen griego (que es algo que suele pasar, por ejemplo, con glucemia, que se vuelve glicemia) y llegaba a afirmar que parecía que a la gente le importaban más las minucias que el salvar vidas. Unos cuantos alabarderos, por su parte, salían a darle la razón, proclamando con pasión que, si los médicos se entendían así, bastaba; que aquello eran solamente anglicismos, no errores; y que deberíamos haber sepultado en el olvido el prescriptivismo lingüístico hace ya mucho tiempo. Los críticos, por su parte, centraban sus contrarréplicas en que se podía al mismo tiempo hablar bien y salvar vidas.


Lo más interesante del debate, paradójicamente, no era lo que se decía, sino lo que no se decía; porque, como bien afirmaba Séneca, «una discusión larga es un laberinto en el que siempre se pierde la verdad». ¿Y cómo no si, en este caso, los dos objetos de la discusión carecían de sentido? En primer lugar, lo de usar severo por grave, refiriéndose a males —y las enfermedades lo son—, ya consta acreditado que se hacía en el español desde los siglos XVI y XVII, que es cuando se fija la norma de nuestro idioma. Y, en segundo lugar, porque respecto de gluc-, parece que se olvida lo que tan claramente dice la Real Academia Nacional de Medicina de España:



    «gluc- (gr. glykýs ‘dulce’) [ingl. glyc-, gluc-]. 1  Elemento compositivo que denota relación con el sabor dulce (glucogeusia, glicerina), con los hidratos de carbono (glucocáliz, peptidoglucano) o con la glucosa (glucemia, glucorraquia); se ha utilizado ampliamente a partir de la creación en francés de glucide «glúcido» (1826) y glucose «glucosa» (1838).
    »OBS.: Puede verse también «glic-«, que es más correcto etimológicamente; la preferencia por una variante u otra depende del contexto y de los gustos personales. La Unión Internacional de Química Pura y Aplicada, partiendo del uso habitual en inglés, propugna restringir el uso de la forma «glic-» como genérica para expresar relación con cualquier hidrato de carbono, y reservar «gluc-» para expresar específicamente la relación con la glucosa. Esta división goza ya de general aceptación entre químicos, pero entre los médicos sigue siendo muy frecuente el uso de «gluc-» para expresar relación con hidratos de carbonos distintos de la glucosa, como en «glúcido», «aminoglucósido», «glucocáliz» o «peptidoglucano». || Adopta la forma «gluco-» (o «glico-«) cuando va seguido de consonante, como en «glicocola», «glucolípido» y «glucósido»».

Por tanto, siendo correctos los términos criticados y habiéndose usado desde siempre, lo de decir que importa más salvar vidas que atender a minucias es un puro sofisma, ya que cualquier persona a la que se le diga que padece una enfermedad severa lo entenderá al punto, y lo mismo ocurrirá con las palabras que empiezan por gluc- si se dicen con glic-. Pero el meollo de la discusión, lo más importante, se hallaba en las contestaciones de los alabarderos: su —tácita o velada— afirmación de la superioridad de la lengua inglesa. Porque, al decir que los médicos tienen su propia jerga —que, ciertamente, está trufada de anglicismos— y que esta ha de respetarse ante todo, parece sobreentenderse que el único idioma apto para expresar conocimientos médicos con precisión es el inglés; y porque con lo de afirmar que el uso de anglicismos no se ha de considerar erróneo, parece sobreentenderse que los médicos pueden emplear todos los anglicismos que quieran, so riesgo de que sus pacientes no los entiendan y, por tanto, paradójicamente, pongan en peligro la vida (como si el inglés debiera ser conocido por todos los seres humanos y como si al que no lo conoce no le quedase otro remedio que fastidiarse). Y lo que es más grave todavía: que, al decir que hay que abandonar el prescriptivismo, se sobreentiende únicamente el prescriptivismo de la lengua española, como si el inglés fuera una especie de lengua construida a priori que no tuviera reglas, lo que paradójicamente desmiente la práctica de tantas y tantas facultades de medicina que se han empeñado en que sus alumnos, para obtener el título, acrediten un buen conocimiento de inglés —de inglés en general, no de inglés médico, por supuesto—.


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