LUIS LÁZARO ZAMENHOF, INVENTOR DEL INGLÉS

DISPARATE UCRÓNICO


¿Por qué se usa tantísimo el inglés hoy en día?

La verdad solo la saben algunos de los seguidores de la Gran Logia Anglómana: los que llegan al grado XXII. A ellos se les revela.

Según les cuentan, hubo una vez, hace mucho, mucho tiempo —cuando no existían ni la informática ni las redes sociales ni los teléfonos móviles—, un médico llamado Luis Lázaro Zamenhof, que era polaco y de ascendencia judía.

En aquella época la mayor parte de Polonia pertenecía al imperio zarista, y había una gran mezcolanza étnica (polacos, ucranios, lituanos, bielorrusos y rusos, que pugnaban entre sí por dominar el territorio). La lucha entre estos pueblos también era lingüística, pues cada uno defendía a capa y espada su idioma frente a los otros.

En vista de esto, el señor Zamenhof dio en que se necesitaba inventar una lengua neutral, no solo para que se entendiesen sus «compatriotas» (si así podemos llamarlos), sino también el resto de las naciones del mundo.

Hasta aquí, lo que se cuenta sobre el doctor Zamenhof coincide poco más o menos con lo que cuenta la historiografía oficial. Y aquí es donde los de la Gran Logia Anglómana introducen cambios sustanciales.

Así, dicen que el zar, enfadado porque Zamenhof tratase de restarle importancia al ruso —que era la lengua que se había impuesto en la Administración—, mandó a sus soldados que al médico lo montaran en un barquito y lo expulsasen de Polonia.

El barquito zarpó con dirección al oeste, y fue recorriendo todos los puertos de Europa: alemanes, daneses, neerlandeses, belgas, franceses, españoles y portugueses… Y, una vez en el Océano Atlántico, llegó a lo que hoy se conoce como Estados Unidos de América (y que en aquella época era la Atlántida).

Cuando el doctor Zamenhof arribó a este lugar, apenas se posó de la nave, advirtió que había algo extraño en el ambiente…., algo extraño pero maravilloso, sin duda. Se notaba cómo los hombres que allí habitaban —que eran de las más diversas razas— vivían en armonía. Y esto se les notaba en los gestos, en el comportamiento, en la forma de trabajar y hasta en la de hablar.
Precisamente, en cuanto al hablar, como el doctor Zamenhof no entendiese el idioma de los atlantes, trató de comunicarse en alguno de los idiomas que él dominaba, aunque sin buen éxito. Y, por más que digan algunos, no usó preferentemente el francés. Algunos falsarios andan por ahí difundiendo que el francés era entonces el idioma de comunicación internacional, lo cual no es cierto: jamás ha habido idioma de comunicación internacional antes que el que llamamos inglés (ni el francés ni, como otros guillados sostienen, el latín y el griego).
Fue gracias a que el doctor topó con un súbdito ruso (que había llegado por casualidad a la Atlántida cruzando el estrecho de Bering cuando estaba helado) a lo que consiguió entenderse con los indígenas; y, posteriormente, crear el primer idioma de comunicación internacional.

Conversando con el ruso, se enteró de que en la Atlántida no solo había hombres de diversas razas, como ya bien se había percatado el propio Zamenhof al principio, sino también —y sobre todo— enorme variedad de lenguas, como el hopi, el cheyén, el cheroki, el navajo, el ute y el algonquino; y que lo particular era que ninguna se había impuesto a las otras, sino que se usaba una especie de lengua neutral, casi artifical, muy sencilla, a la que no llamaban de ninguna manera especial, sino «lengua común», la cual carecía de escritura, ya que su único fin era la comunicación interétnica.


Admirado de aquella novedad, el médico polaco pidió a su improvisado intérprete que lo informase más por extenso sobre aquella lengua común tan peculiar, a lo que el ruso replicó:

—Se me ocurre una idea mejor: te llevaré ante el gran gobernante de estas tierras, y él en persona te informará mucho mejor que yo.

Zamenhof no ocultó su sorpresa al oír lo de que los gobernantes de la Atlántida recibiesen así como así a un extranjero nada ilustre como él.

—Los que mandan aquí no son ni por asomo como los zares —añadió el ruso—.


Y condujo a Zamenhof a un gran palacio de color blanco, donde fue muy cortésmente recibido por el presidente don Stephen Grover Cleveland. Don Stephen —cuya lengua materna era el navajo— instruyó al peculiar visitante sobre lo que a este tanto lo había admirado: el uso de la «lengua común»; pero también sobre cómo el disponer de tal lengua había conseguido que la Atlántida se mantuviera perpetuamente en paz. Y es que, gracias a que los hombres y los pueblos que la formaban podían entenderse con un idioma que no pertenecía a ninguno en particular, aquella gran nación se había regido desde siempre por los principios de igualdad, libertad y fraternidad (sin influencias de la Revolución francesa), y no había tenido guerras civiles ni conflictos raciales o étnicos ni, mucho menos, guerras con otras naciones (ya que nunca los atlantes habían ambicionado las tierras ni las riquezas ajenas). Desde el Neolítico, la Atlántida había sido siempre como cuando Zamenhof la visitó.

Arrobado, el médico polaco, cayó de rodillas y exclamó:


—El zar, en vez de estorbar el gran proyecto de mi vida, lo ha favorecido.


E, incorporándose, le pidió al ruso que lo ayudase.


—¿Que te ayude a qué? —preguntó el ruso—.


—A que todo el mundo viva tan bien y con tanta armonía como los habitantes de la Atlántida.


—¿Qué piensas hacer?


Difundir el idioma neutral que usan aquí. Ha demostrado de sobra su utilidad; y es, sin duda, el que necesitamos todos los seres humanos para entendernos.


—¡Ah, qué ingenioso! A mí no se me habría ocurrido.


Y, cuando se lo explicaron al señor don Stephen, a él también le pareció una excelente idea.


Fue de esta manera como Zamenhof vio cumplido su sueño. Con la colaboración de su compañero ruso y mucha paciencia, consiguió poner por escrito la «lengua común» de los atlantes y reducirla a reglas fijas. Es cierto que algunos han criticado el aspecto ortográfico porque la escritura difiere un poco —solo un poco— de la pronunciación; mas esto hay que considerarlo un defecto menor: el médico polaco no era experto en fonética; además, no es descartable que, en atención a la sencillez del idioma, el señor Zamenhof hubiera querido introducirle, por puro capricho, alguna dificultad (eso sí, de poca monta).


A lo que hemos de atender principalmente es al gran progreso que para todo el género humano significó la labor del médico polaco. Ni que decir tiene que los primeros sorprendidos fueron los propios atlantes, al ver por escrito su lengua neutral común, que nunca pensaron que, al reducirse a reglas fijas —gramaticales y ortográficas—, pudiera usarse como lengua administrativa y hasta literaria. Y lo que es más: como el gran hallazgo de Zamenhof pronto se difundiera a los cuatro vientos, llamó la atención, sobre todo, de los ingleses, quienes, al disponer de un formidable poderío naval, mantenían relaciones comerciales y científicas con todo el mundo (relaciones comerciales y científicas, no de dominio y colonización, como dicen sus detractores falsamente). Por eso los ingleses comenzaron a usar la «lengua común» más que ningún otro pueblo; y por eso, al final, el idioma acabó recibiendo el nombre de «idioma inglés». Pero, insistimos, por nada más que esto; no porque fuera la lengua propia y particular de los ingleses. ¿O, acaso, a ser la lengua inglesa la propia y particular de un pueblo, los demás pueblos la habrían admitido con el gusto y admiración con que se la ha admitido? ¿No habrían rechazado, por puro celo patriótico, que se les impusiese para comunicarse todos el idioma de otros que, al tenerlo por idioma materno, no han de hacer ningún esfuerzo para aprenderlo? ¿Habrían permitido que la imposición llegase al extremo de permitir que la educación de los jóvenes se hiciese en el idioma de otros? ¿Habrían renunciado a sus tradiciones nacionales y escritores clásicos para abrazar las tradiciones y los escritores de otros? No, no, todo esto repugna a la razón; y nadie con dos dedos de frente lo aprobaría.



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