PARADOJAS DEL BILINGÜISMO

Ya estamos acostumbrados a que los medios de comunicación difundan de cuando en cuando estudios sobre los beneficios que para el cerebro tiene el bilingüismo. Nosotros no los ponemos en duda. El hablar idiomas siempre se ha considerado, por unas razones u otras, algo positivo. Lo que nos gustaría es que la gente reparase en que los hechos parecen desmentir lo que esos estudios afirman.

En primer lugar, porque el bilingüismo está sirviendo para justificar que en las escuelas y universidades muchas asignaturas —o casi todas—, mayormente las técnicas, se impartan en inglés y nada más que en inglés, lo que acarrea la simplificación de los contenidos (ya que no es lo mismo explicar una materia en la propia lengua que en una ajena), con el consiguiente perjuicio para la formación integral de los estudiantes; pero también impide que, para tratar sobre tales materias técnicas, se empleen términos españoles. Y, aunque se puede objetar a esto último que la mayor parte del vocabulario científico y técnico procede del griego y el latín —y es, por tanto, común a todas las lenguas—, no se puede negar que hay otra parte de dicho vocabulario que no; por lo que, al emplear únicamente el inglés, ni se usan los vocablos españoles que ya existen ni se forjan otros a medida que van surgiendo novedades, convirtiéndose así el español en una lengua muerta —al menos en ese ámbito, por pequeño que parezca—.
Se va asentando así de manera tácita y paulatina la idea de que ni el español ni ningún otro idioma sirven para expresar los conceptos de aquellas ramas del saber.

En segundo lugar, porque en nombre del bilingüismo, se trata de reducir el ámbito de uso del español también en la vida privada, fomentando que no se vean dobladas las películas y series cinematográficas (anglosajonas, claro), y aun animando a que uno de los progenitores les hable siempre a los hijos en inglés —por mal que lo haga—, con la inevitable consecuencia de que muchos términos usados desde siempre en español son sustituidos por los correspondientes términos anglosajones.

En tercer lugar, porque se nos dice que siendo bilingüe (esto es, dominando perfectamente el inglés), uno puede irse a trabajar o a estudiar a las principales naciones anglosajonas —Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Irlanda y Australia—, que se cuentan entre las más desarrolladas del planeta, pero no se dice que, paradójicamente, tales naciones no se caracterizan por hacer grandes esfuerzos para que su población sea bilingüe. Es cierto que hay algunas instituciones educativas que favorecen la enseñanza en otros idiomas (principalmente en español y en francés); pero la mayor parte de los centros, los más importantes, y que a nuestros ojos se muestran como templos del saber, no usan otro idioma sino el inglés.

Si a ello sumamos que la mayor parte de los científicos y empresarios anglosajones que tanto contribuyen a la riqueza y al desarrollo de sus Estados no hablan otro idioma que el inglés y que algunos de los libros de consejos para ser bilingüe que suelen usarse en las naciones hispanohablantes los han escrito autores estadounidenses, no para sus propios paisanos, sino para los inmigrantes que quieran conservar su lengua particular una vez asentados en EE. UU., caemos en la tentación de plantearnos varias cuestiones:

— Que quizás, como los Estados anglosajones son más ricos, basta el dinero (y los medios materiales que con dicho dinero se pueden adquirir) para suplir los beneficios que el bilingüismo aporta al cerebro; por lo que los científicos y los empresarios anglosajones suplen de esa manera la falta de conocimiento de idiomas extranjeros.

— Que quizás los anglosajones, por las meras peculiaridades de la lengua inglesa, no necesitan aprender otros idiomas para que su cerebro adquiera los beneficios que proporciona el bilingüismo.

— Que quizás no es el inglés la lengua nativa de los anglosajones, sino una lengua artificial que aprenden tan rápido y tan a escondidas que los hablantes de otros idiomas ni nos percatamos.

— Que quizás lo del bilingüismo solo debe aplicarse a quienes hablan un idioma diferente del inglés porque Estados Unidos, que es una nación anglosajona, se ha alzado con la hegemonía universal tras la II Gran Guerra y eso le da derecho a imponer su idioma a los demás, como antes de dicha guerra imponían la suya los franceses; pero que quiere hacerlo más hábilmente, introduciendo el inglés hasta en la sopa de los demás para que, si le quitan la hegemonía, no le pase lo mismo a su lengua que a la de los del Hexágono. Este razonamiento, si bien no convierte en papel mojado los estudios sobre los beneficios del bilingüismo, mueve a sospechar que se usan con fines ideológicos o políticos, para dotar de justificación científica la tremenda anglicanización que los hablantes de otras lenguas padecemos en la actualidad.

Pero también podría plantearse el asunto de la siguiente manera: que nosotros le damos demasiadas vueltas a las cosas y nos hemos convertido en conspiranoicos. Y, a ser sinceros, nos tranquilizaría que esto fuera así, porque significaría que no está ocurriendo nada grave y que somos nosotros los que nos lo estamos imaginando todo.



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