DISPARATES DE LOS ANGLÓMANOS (II)

Una de las cosas que se suelen decir mucho para justificar el uso de anglicismos innecesarios es que en todas las épocas históricas se han introducido en nuestra lengua palabras y expresiones nuevas. Así, no es raro que, cuando se reprocha a un anglómano el empleo desmedido de voquibles de la lengua de Shakespeare, replique aquel: «Mayor es el número de arabismos que incorporamos en la Edad Media», «si no te agrada lo de hoy, ponte a hablar el castellano del siglo XIII» o algo por el estilo.

La mención de la Edad Media gusta sobremanera a los anglómanos porque se figuran que, de tal manera, denuestan a su interlocutor —llamándolo anticuado o atrasado—; pero, en realidad de verdad, no hacen sino demostrar su gran ignorancia, pues no es en la Edad Media cuando se establece la norma del español que hablamos hoy, sino en la Edad Moderna, época en la que nuestra lengua se difunde por muchas partes del mundo y llega a su máximo esplendor literario con escritores como Cervantes, Mateo Alemán, Garcilaso, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Moreto, Góngora, Rojas Zorilla, etc. Por eso se llama al idioma de los siglos XVI y XVII español clásico.

Los anglómanos parece que ignoran (quizás porque son demasiado jóvenes y no se lo han explicado adecuadamente en el colegio) que en la Edad Media las lenguas romances se hallaban en pañales, por lo que no se puede comparar su estado en tal periodo histórico con el que tendrán después. Y bien es verdad que en los siglos XVI y XVII la lengua varió respecto de la que se hablaba anteriormente y se introdujeron extranjerismos a la par que se forjó infinito número de neologismos, pero también en ese tiempo las reglas del español se fijan y asientan de una vez, cosa que en la Edad Media no había ocurrido.

Y, precisamente porque se considera que el idioma ha llegado al colmo de su perfección con los escritores clásicos, el principal propósito de la Real Academia, que se funda a principios del siglo XVIII, no es otro que recoger y sistematizar el caudal de los autores que usaron del español que se consideraba perfecto. Por tal motivo, al acometer la gran empresa de componer el DLE, la corporación le dará enorme importancia a las citas:

    «Como basa y fundamento de este diccionario se han puesto los autores que ha parecido a la Academia han tratado la lengua española con la mayor propiedad y elegancia: conociéndose por ellos su buen juicio, claridad y proporción, con cuyas autoridades están afianzadas las voces…».

    «… en los autores que la Academia ha elegido para comprobar las voces por castizas y elegantes se ponen las citas, sin graduación ni preferencia entre sí, evitando hacer este juicio comparativo, siempre odioso; pues solo ha puesto el cuidado de citar los que usaron con la mayor propriedad la voz de que se habla».


Y mantener el español actual lo más semejante al español clásico ha sido siempre también lo que ha guiado a todos los críticos, como lo declaraba el padre Mir a principios del siglo XX, cuando eran los galicismos los que entraban sin mesura:

    «… los clásicos no se andaban con melindres en el admitir vocablos extranjeros, hasta que lograron con ellos tener cabalmente enriquecida la lengua patria, que fue el intento que en el usurpar voces extrañas los guio. Mas, una vez colmada la medida de sus esfuerzos, conseguida la fecundidad, ornato y primor de la lengua castellana, el inventar vocablos ha de ser asunto de gran prudencia, guiada por hidalguía de agudo ingenio…».


Para resumirlo todo con una comparación fácil de entender hasta por los anglómanos más recalcitrantes, una lengua no es como un automóvil o una aeronave (cuyos componentes son susceptibles de mejora continua e indefinida), sino que se asemeja más a una escultura u obra arquitectónica, que empieza siendo basta, pero llega un momento en que se da por concluida (sin perjuicio, claro está, de hacerle posteriores retoques o restauraciones). Por tal motivo, no es lo mismo decirle alguien «fabricas coches como en 1900» que decirle «esculpes como Miguel Ángel o edificas como Bernini».


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