CONSEJOS PARA ANGLICANIZARNOS BIEN

— Hay que repetir mucho que lo único importante es lo futuro. Los españoles nos avergonzamos sobremanera de nuestra historia y de cuanto hemos hecho desde la época de los godos (aunque muchos pueblos hayan hecho cosas parecidas o peores y no sientan ningún reparo). Por otra parte, tampoco nos gustan los tiempos que corren, por lo que ponemos todas nuestras esperanzas de vivir mejor en lo por venir; por esto la palabra futuro nos trae a la mente cosas maravillosas, aunque no sepamos con exactitud qué cosas.

— Hay que insistir en que en España no ponemos interés en aprender idiomas extranjeros y aun en que los despreciamos (sin mencionar que, sobre todo en estos últimos veinte años, el dominio del inglés se ha vuelto requisito necesario para conseguir la mayor parte de los trabajos).

— Hay que insistir en que el no saber idiomas es consecuencia del aislamiento que padeció España, por más que dicho aislamiento ya terminara hace más de cuatro decenios.

— Hay que insistir en que la educación bilingüe es muy conveniente y útil para nuestros hijos porque gracias a ella dominarán perfectamente el idioma ingles (lo cual les permitirá trabajar en grandes empresas y, por tanto, ganar dinero a espuertas). Comoquiera que a los de nuestra generación nuestros padres nos encajaron en la cabeza que teníamos que estudiar con todas nuestras fuerzas para conseguir buenos empleos y bien pagados, pero muchos de nosotros no hemos realizado los sueños de nuestros padres, con lo de la educación bilingüe nos figuramos que nuestros descendientes podrán realizar tal sueño.

— En relación con lo anterior, hay que insistir en que en los países anglosajones (que son principalmente Canadá, Estados Unidos, Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte) se vive muy bien porque tienen gran poderío económico, por manera que hemos de esforzarnos por imitarlos lo más posible; y aun que es preferible irse a vivir allí (para todo ello ni que decir tiene que será imprescindible dominar perfectamente el idioma inglés).

— Hemos de acostumbrarnos a comer y vestir como los anglosajones, y a celebrar las mismas fiestas que ellos. Ni que decir tiene que todas esas comidas, ropas y celebraciones habrán de conservar el nombre inglés correspondiente.

— Hay que hablar del castellano o español como si no fuera también lengua universal. Así, por ejemplo, cuando nos refiramos a la educación bilingüe hay que decir que gracias a ella nuestros descendientes se podrán entender no solo con la gente de España, sino también del resto del mundo (olvidando intencionadamente que hay muchos países donde el español es lengua oficial).

— No hay que hacer memoria de que en algunas naciones como Filipinas, por ejemplo, el español casi ha desaparecido por obra y gracia de la labor anglicanizadora de Estados Unidos. Tampoco hay que hablar de Puerto Rico ni de lo que fue el norte de México.

— Después de asentado totalmente el sistema educativo bilingüe, habrá que dar más y más materias en inglés, por manera que del bilingüismo pasemos al all in English, pues, cuanto más inglés se dé, más provechoso será para nuestros descendientes.

— Hay que repetir hasta la saciedad que en las naciones del norte de Europa (Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia y los Países Bajos, que son las que mayor calidad de vida tienen) gran parte de la educación universitaria ya se hace enteramente en inglés; pero no debemos mencionar que en alguna de estas naciones, como es el caso de los Países Bajos, ya hay personas que se han percatado de que su idioma puede desaparecer si la anglicanización sigue como hasta ahora.

— Hay que insistir en que todo el mundo se entiende en inglés y que se siente a gusto con ello, y no hacer mención de que en algunos lugares se ofrece resistencia a la anglicanización, como en Francia (donde la famosa ley de Toubon trata de asegurar que el francés sea siempre la lengua más usada dentro del Hexágono) o Quebec.

— Hay que escribir en inglés siempre los carteles que se pongan en los lugares públicos; pero no ha de importarnos que a veces el cartel no tenga la correspondiente versión en español.

— Hay que criticar implacablemente el doblaje cinematográfico. Diremos y repetiremos que el doblaje impide transmitir adecuadamente los sentimientos del actor en su interpretación en la lengua original (entiéndase que en inglés, pues no de otro sitio sino de Estados Unidos sale la mayor parte de las películas que vemos los demás habitantes de este planeta). También se puede decir que el doblaje es un residuo de lo pasado, de antes de la restauración de la democracia; y no mencionaremos que en Francia, Alemania e Italia, por ejemplo, también se doblan las películas cinematográficas, pues la razón de que haya doblaje no es política, sino solamente lingüística: el afán de proteger el idioma nacional.

— Tras acabar con el doblaje, yendo días y viniendo días, también quitaremos los subtítulos para que todos los espectadores traguen todas las películas solamente en su idioma original (se sobreentiende que en inglés).

— Hay que persuadir a los que vayan a tener hijos a que uno de los progenitores le hable a la criatura, ya desde que nazca, siempre en inglés a fin de que el nuevo aspirante a bienaventurado anglosajón considere, desde el comienzo de su vida, el inglés un idioma propio y no extranjero.

— Hay que favorecer el uso de vocablos ingleses en todos los ámbitos de la vida. Si la justificación hasta ahora para introducir voces extranjeras era que no hubiera voces castizas que las tradujeran con propiedad, se nos repetirá sin descanso que para ningún vocablo inglés hay traducción exacta en español. Se dirá que vocablos como linkage, friendly reminder, look, networking, abstract, cluster, best practices, borderline o bullying y otros muchísimos más expresan algo tan sutil y misterioso —algún arcano quizás— que con nuestras propias palabras no podemos expresar lo que significan de verdad. Por si esto no fuera suficiente y algún anglófobo —que los seguirá habiendo— se empeñara en rechazar la enorme cantidad de voquibles de origen anglosajón que no para de entrar en nuestro idioma, se lo intentará convencer con el siguiente razonamiento: que los vocablos ingleses son más cortos que los nuestros y que, por lo tanto, nos conviene cogerlos por economía lingüística (así, comoquiera que la mayor parte de las palabras inglesas son más cortas que los españolas, yendo días y viniendo días, podremos meter casi todo el Oxford English Dictionary en el DLE).

— Hay que decir frecuentemente tonterías como que el español tiene más arabismos que anglicismos. Eso sí, no mencionemos que los arabismos entraron en la Edad Media, cuando la norma del español no se había fijado; ni que dicha norma se establece en los siglos XVI y XVII —la época clásica—; ni que es el español de esa época es el fundamento de lo que hablamos actualmente. Comoquiera que abominamos de lo pasado y que la Historia ya no se enseña bien en las escuelas e institutos, difundir tonterías como la que acabamos de referir no será difícil, máxime porque los jóvenes ahora creen que la Edad Media —o la Prehistoria— acabó al empezar el año 2000.

— Hay que insistir en lo buena que es la mezcla de culturas —y, por tanto de lenguas—. A la par, aunque parezca contradictorio —bien que nadie se va a percatar— criticar continuamente lo mal que los españoles hablamos inglés y lo que lo adulteramos con hispanismos y construcciones típicas de nuestro idioma.

Y con todo esto, dentro de dos generaciones, el inglés ya será una lengua más de España —la principal—.


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