HACE FALTA ASOCIARSE

En España la reacción contra la anglicanización no difiere de la que ha habido en las demás naciones hispanohablantes: se ha centrado en criticar el uso innecesario de voces inglesas, de manera parecida a lo que en el siglo XIX y principios del XX aconteció respecto de los galicismos. Más recientemente, sin embargo, algunos grupos de maestros y profesores han alzado la voz también contra la introducción del inglés como lengua de enseñanza en los colegios y universidades, y ello por los gravísimos efectos que genera (ignorancia de los términos propiamente españoles en las materias que se imparten en inglés y segregación de los alumnos según el mayor o menor conocimiento de la lengua de Shakespeare).

Pero unos y otros obran separadamente, como si sus luchas no fueran la misma.

A diferencia de lo ocurrido en Francia y en Alemania, en España se echaba de menos una asociación sin ánimo de lucro —legalmente constituida y, por tanto, con personalidad jurídica— que tratara de combatir la imposición cultural anglosajona que padecemos en todos los ámbitos.

Ha estorbado muchísimo la constitución de una asociación semejante la excesiva politización de la sociedad española, ya que este género de personas jurídicas trata de unir a la gente sin atender a su ideología y creencias religiosas; y en nuestro país, de un tiempo a esta parte, tal cosa parece imposible.

La ASOCIACIÓN PARA LA DEFENSA DEL PATRIMONIO LINGÜÍSTICO DE ESPAÑA ha nacido para vencer estos inconvenientes: para que haya una persona jurídica a la que se puedan asociar libremente todos los que tengan interés, para que luchen juntos los que luchaban separados y para que estos no se pierdan en disquisiciones ajenas de lo lingüístico.

Ahora, constituida la asociación, toca darle publicidad con los medios tecnológicos, con actos públicos, cursos y conferencias; empleando no solo la seriedad y el rigor lingüístico y jurídico, sino también el chiste y la burla, pues, a imagen y semejanza de las asociaciones extranjeras, entre sus fines habrá que incluir el de conceder un premio burlesco, como el de la Carpette Anglaise, que sirva para ridiculizar los extremos en que caen los anglomaníacos.

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