LOS ESPAÑOLES SIEMPRE HEMOS TENIDO EN GRAN CUENTA LA LENGUA CASTELLANA

El poco aprecio que hacemos actualmente del castellano se contrapone con el de los políticos y autores de la Edad Moderna y aun de la Edad Media (época en que la lengua de cultura occidental era, sin oposición de ninguna otra, la del Lacio); ya que, según la tradición, fue Alfonso X, en el siglo XIII, quien convirtió en oficial en el reino de Castilla la lengua vernácula y la usó para escribir las leyes, como las famosas Partidas, las cuales, ¡qué curioso!, no son sino derecho romano, derecho originalmente escrito en latín:

    «… tuvo su niñez en el tiempo de los jueces et reyes de Castilla et de León, et comenzó a mostrar sus fuerzas en tiempo del muy esclarecido et digno de toda la eternidad el rey don Alonso el Sabio, por cuyo mandado se escribieron las Siete Partidas, la General Historia, et fueron trasladados muchos libros de latín et arábigo en nuestra lengua castellana…» (Helio Antonio de Nebrija, Gramática de la lengua castellana [1492], prólogo).

    «Hasta el tiempo del rey don Alonso el Sabio se hacían las escrituras públicas en lengua latina; y, por su mandado, de allí adelante se hicieron en lengua castellana con fin de que se puliese y enriqueciese, como se ha hecho desde aquel tiempo acá» (Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española [1611], voz lengua).


En tiempo de los Reyes Católicos, terminada la Reconquista y reunificada España, el propio Nebrija —que fue, precisamente, el primero en escribir una gramática castellana— ya consideraba que la lengua estaba alcanzando la perfección:

    «Lo cual hecimos en el tiempo más oportuno que nunca fue hasta aquí, por estar ia nuestra lengua tanto en la cumbre, que más se puede temer el decendimiento della que esperar la subida».


En el siglo XVI, con la conversión de España en gran potencia, el castellano se difunde por todo el mundo, incluidas las cortes europeas. En este siglo y el siguiente se componen gramáticas y diccionarios de nuestro idioma, principalmente en inglés, francés e italiano para facilitar su aprendizaje por parte de los extranjeros.

De la autoridad que alcanza el castellano es buena muestra lo que hizo Carlos I —Carlos V de Alemania—, quien, hablando, ante el Papa Pablo III, cuando el obispo de Maçon dice que no lo entiende, el emperador se niega a usar el latín, porque él habla en su «lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana».

Y este sentimiento de que el castellano es equiparable al latín, se nota en muchos escritores de aquella época.

Así, Fray Luis de León en la dedicatoria de sus poesías a don Pedro Portocarrero dice lo siguiente:

    «De lo que yo compuse juzgará cada uno a su voluntad; de lo que es traducido el que quisiere ser juez pruebe primero qué cosa es traducir poesías elegantes de una lengua extraña a la suya, sin añadir ni quitar sentencia, y con guardar cuanto es posible las figuras del original y su donaire, y hacer que hablen en castellano y no como extranjeras y advenedizas, sino como nacidas en él y naturales. No digo que lo he hecho yo ni soy tan arrogante; mas he pretendido hacerlo, y así lo confieso. Y el que dijere que no lo he alcanzado haga prueba de sí, y, entonces, podrá ser que estime mi trabajo más; al cual yo me incliné solo por mostrar que nuestra lengua recibe bien todo lo que se la encomienda, y que no es dura ni pobre, como algunos dicen, sino de cera y abundante para los que la saben tratar».


Antonio de Fuentelapeña, en el prólogo de El ente dilucidado [1676], explica por qué no publicó su obra en latín:

    «Intento tuve de sacarlo a luz en idioma latino; pero esto, que en otro tiempo fuera diligencia precisa por lo limitado y menos limado de nuestra lengua, hoy (que purificada en el estilo y estilada y practicada en el orbe, ha llegado a merecerse el título de universal y de elegante, como vemos en las muchas naciones que la usan y en los innumerables libros que, con invidia de la griega y la latina, la acreditan y enriquecen) fuera afectación más que necesidad el sacarle en lengua ajena…».


Y José de Veitia Linaje, en el prólogo de su Norte de la contratación de las Indias Occidentales [1672], dice algo parecido:

    «Prométome que no será despreciable este tratado por el idioma, cuando nuestra lengua —si yo supiere usar bien de ella— tiene igual y aun superior elegancia a la latina, como Ambrosio de Morales lo afirma en el discurso a las obras de el maestro Oliva, su tío; y Bobadilla, Alderete y otros citados por don Juan de Solórzano en la dedicatoria de la Política indiana, donde también enseña que es mayor decencia cuando los reyes ponen su autoridad en el uso de la lengua de sus reinos, el que sus vasallos escriban en ella, y que debe el bien advertido extender su idioma patrio, por dotrina de Tácito, Valerio Máximo y otros allí citados».


Los siglos XVI y XVII se consideran los de esplendor de nuestra lengua —precisamente, los llamamos la época clásica—. En el siglo XVIII, con la hegemonía de Francia —ya comenzada a mediados de la centuria anterior— y el establecimiento de un natural de aquella nación en el trono español tras la Guerra de Sucesión, comienza la decadencia y el afrancesamiento del castellano; aunque, con la fundación de la Real Academia en ese siglo, se intenta que la lengua siga pareciéndose lo más posible a la usada en los siglos áureos. Así, en el primer diccionario académico [1726-1729] los vocablos se hallan autorizados con textos de escritores clásicos, los cuales serán tenidos por las fuentes a las que acudir para resolver las dudas sobre la corrección o incorrección de palabras y expresiones.
Pero ello no significa que la Academia rechazara de todo en todo los galicismos: los que servían para designar las novedades científicas, técnicas y culturales se aceptaron y se incluyeron en el caudal del idioma. De lo que la docta corporación abominaba era de los innecesarios: los vocablos franceses que se referían a cosas para las que siempre había habido voz castellana.

Con las revoluciones burguesas y las guerras napoleónicas, la entrada de galicismos en el castellano se aumenta notablemente, por manera que, desde mediados del siglo XIX, la batalla contra los extranjerismos inútiles se volverá mucho más enconada. Por obra de los puristas —Baralt y el padre Mir fueron los más conocidos, por recalcitrantes—, se convertirá en opinión general que los vocablos extranjeros innecesarios perjudican gravemente la lengua patria.

La lucha contra los galicismos dura hasta la II Gran Guerra, tras la cual Francia pierde definitivamente la hegemonía universal en favor de los Estados Unidos de América; y, en consecuencia, el francés en favor del inglés; bien que, al principio de este período, parecía que se caminaba hacia el plurilingüismo —en inglés, francés, español y ruso—. La lengua de Shakespeare ocupa el lugar de la de Molière, pero con una fuerza nunca vista gracias a la tecnología; y ya no solo se vuelve lingua franca; sino que aspira a ser también lengua del trabajo y hasta de la educación. Ya no solo amenaza con llenar el castellano de palabras o expresiones ajenas, sino con volverse ella misma lengua oficial de España.

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